SENSUALIDAD Y LABERINTO


Hay varias maneras de leer una pintura: por medio de la visible u oculta figuración, por medio de la estructuración de las formas, vo­lúmenes o planos, pof la alquimia de los colo­res que en progresiva impregnación van creando un sentido siempre indefinido o bien por medio de las imágenes y las intuiciones, ideas o mensajes que se desprenden de ellas. Lo maravilloso del arte, y de las artes plásticas en especial, es que su lectura e interpretación es siempre polivalente, múltiple y, en cierto modo, ambigua: ahí, precisamente, en el reino espejeante de la ambigüedad se encuentra el misterio profundo del arte, su carácter sagra­do y siempre inasible. Por eso los grandes pensadores de nuestro tiempo (Malraux, Hei-degger, entre otros) relacionan las raíces y vi­siones del arte con la mística, con los proce­sos de percepción, trance y fuga de la auténti­ca religiosidad que no tiene nada que ver con la beatería o con las manifestaciones pompo­sas de la religiosidad oficial.

Quiero decir, y no exagero, que ante la con­templación de los cuadros de David Salvador (tanto los de sus anteriores exposiciones como la que presenta ahora) no puedo menos que remitirme a lo vital, a la esencia de lo vital, a la vitalidad pánica de los antiguos cultos religiosos, pues en estos escenarios de corporali­dad sana y envolvente, en estas recámaras sensualmente laberínticas que conforman sus perspectivas se percibe algo así como la fusión de la fiera (la fiera de las religiones antiguas, la que adquiere a veces formas humanas) con la mujer, el Eterno Femenino en pose de esta­tua o maniquí. ¡Magnífica ocasión de recordar los versos eró tico-celestiales de Darío!:
"y en la pupila enorme de la bestia apacible
miran como que rueda en un ritmo apacible
la música del mundo..."

Que este joven artista, tan entusiasta y tan se­rio, nos recuerda a De Chirico, a Chagall, al venezolano Borges (por sus rostros de mujeres desleídos) y sobre todo a Armando Morales, es algo que no tiene la menor importancia, pues él, como verdadero artista y solemne tra­bajador, se lo apropia, los vuelve parte de su alma, enriqueciéndolos. Las influencias son vivas, innegables, pero ahí está la nueva voz, el nuevo canto crédulo e irritado, como diría Carlos Martínez Rivas, la revelación nueva, el nuevo testimonio, la nueva mirada que irá despojándose poco a poco de lo asimilado pa­ra conformar una nueva figuración y un nuevo lenguaje. Precisamente, Julio Valle Castillo, con la sagacidad que lo caracteriza, se refiere a esto, en el texto del catálogo de la exposi­ción Musas y Segovias, realizada en noviem­bre de 1997. Citando al gran maestro de la poesía norteamericana, Ezra Pound (que es lo mismo que citar a Eliot, en el sentido de que "todo lo que no es tradición es plagio"} reconoce la influencia de Morales en el procedimiento de combinar azules turquesas con rosas y ocres y la técnica del esfúmalo en el desnudo femenino. "Hombre del Paraíso y del Infierno a la vez, lo cual llevará a ser un artista que ar­da en sus dos fuegos", afirmaba Valle Castillo. Y Franz Galich, además de señalar esa vitali­dad pánica, característica de los artistas para quienes infierno y paraíso son lo mismo y son, como para Baudelaire, la cantera de don­de brota plenamente la inspiración atormenta­da y lúdica a la vez, habla, muy dantescamen­te, de "pesadillas postmodernas" y otras cosas más.

Esto es lo que ha dicho la crítica responsable. Ante estos pocos pero contundentes cuadros expuestos en Epikentro Gallery aporto yo mis palabras para intentar definir este universo de formas oníricas y surreales que no exluyen el encanto de la sensualidad real americana. En otras palabras, pese a la simbología universal y cosmopolita, presente en la estructura com­positiva ejecutada por el joven artista (presen­cia pesada de la ciudad, ventanas metafísicas, ámbito insomne totalizador, atmósfera noctur­na y lunar) hay una especie de atmósfera cir­cense, un homenaje a la vida que palpita en las criaturas y animales de conocida flexibili­dad y astucia (panteras, jaguares, caballos), un estudio de damas con toros, aros y bicicletas, trapecistas y sombreros.

Musas, lunas, ventanas, nubes, nubes que se disuelven en espejos, espejos que se transfigu­ran en ventanas, ventanas que resguardan el silencio. Cuerpos de bañistas en la vigilia o el insomnio de la luz acuosa, marina, ultramari­na: celeste, rosada, sepia, lila, violeta, fucsia. Pedazos de luz acuosa que se van esfumando hacia la putrefacción del Océano. Planos de vapores y chimeneas, barandas y plataformas: el Titanic como un enorme mural de vitrales emergido de las aguas. Todo esto nos ofrece David Salvador Espinoza, creador de un arte que ha venido a enriquecer el imaginario, su­puestamente estancado, de la plástica nicara­güense contemporánea.
David Salvador Espinosa